En Colombia el Presidente Juan Manuel Santos trata de obviar el desastre que le significaría al país un apagón eléctrico, invitando a los ciudadanos a que respalden el proceso de paz que adelanta con la guerrilla de las FARC. Mientras tanto en Brasil los mercados financieros tambalean porque los ciudadanos de ese país no tienen confianza política en su Presidenta Dilma Roussef. En el mundo cada vez más voces se levantan con preocupación por el futuro incierto que depara la posibilidad de que en Estados Unidos pueda ser elegido Donald Trump como Presidente.
El sector público no es el único que padece crisis de confianza. El libro LA ROSCA NOSTRA escrito por el periodista Nathan Jaccard y publicado recientemente por Planeta, da cuenta de la manera como una decena de empresas colombianas (entre ingenios azucareros, productoras de pañales como Tecnoquímicas, de cementos como Argos o de papel higiénico como Familia) “tumbaron a los colombianos” según sus propias palabras, armando carteles para acomodar precios y mercados de acuerdo a sus intereses. La poderosa Amazon confía tanto en sus trabajadores que el trabajo de comunicación interna lo orienta a mostrar cómo son atrapados aquellos empleados que intentan robar mercancías de sus instalaciones.
Como éstos, hay decenas de casos hoy en la prensa mundial que dan cuenta de la manera como se ha afectado la confianza pública en las instituciones. El último Barómetro de confianza elaborado por la consultora EDELMAN da cuenta de cómo el público en general (diferenciado de aquellos líderes informados) tienen bajos niveles de confianza en las organizaciones: 55% confía en las ONGs, 49% en los medios, 53% en las empresas privadas y 43% en el gobierno.
La ética está pesando fuertemente en la vida de las organizaciones y de las personas que se relacionan con ellas. En todos los casos anteriores, al margen de consideraciones legales, hay profundos vacíos éticos que dan cuenta de las dificultades que existen para proyectar ese comportamiento transparente que la mayoría de empresas asegura tener. Si se revisan documentos de misión o visión o valores, seguramente se encontrarán palabras como respeto, confianza, transparencia y/o ética.
¿Qué está pasando entonces? No es un tema del cual se pueda responsabilizar a LA COMUNICACIÓN. Intereses particulares, presiones de los accionistas o de los mismos directivos, situaciones propias de los mercados, hace que muchas empresas (o al menos algunos de sus directivos y/o trabajadores) fracturen su comportamiento ético. Pero LA COMUNICACIÓN sí tiene un rol para cumplir en ese reto de fortalecer la confianza. Como lo dice el título del artículo, este aspecto está estrechamente ligado con el optimismo. Un bajo grado de confianza en un gobernante afecta el optimismo de sus gobernados, lo cual tiene además incidencia directa en los índices de consumo e inversión. Inspirar, motivar, liderar, son verbos que deben estar en el accionar de líderes empresariales y gubernamentales. Poco optimismo y confianza puede despertar un Presidente cuando repite y reitera a los ciudadanos que en su país no habrá apagón eléctrico, y cambia su posición en menos de una semana para advertir lo cerca que estamos de esa emergencia. La responsabilidad al comunicar también puede contribuir a elevar el grado de optimismo.








