Los candidatos a la Presidencia de la República de Colombia han tenido tres ruedas de prensa transmitidas a través de la televisión en lo que va corrido de las últimas semanas. Después de lo acontecido en ellos, parece reafirmarse la tesis de que, desde el punto de vista estratégico, estas reuniones solo sirven para NO PERDER, pero no para GANAR MÁS ADEPTOS. Cinco reflexiones alrededor de estos encuentros:
• Ninguno de los llamados tres debates ha logrado ser un debate. Si nos atenemos al concepto referido por el DRAE, un debate es una controversia o discusión de opiniones contrapuestas entre dos o más personas. ¿Hubo algo de eso en las tres transmisiones? En absoluto. Por eso he pensado que se trata más de unas extensas y aburridas ruedas de prensa, que de manera alguna permiten esa controversia.
• Gustavo Petro, desde la primera rueda de prensa, apareció a juicio de muchos expertos como el candidato más preparado y que brindó, casi siempre, las mejores respuestas, las más estructuradas, las más claras, y las más fundamentadas. Fue además el único candidato realmente DIFERENTE, pues mientras los demás resultaron cómodamente parecidos en la esencia de sus propuestas, Petro surgió como, recordando a Plaza Sésamo, aquél que no es como los otros y es diferente de todos los demás. Para la muestra: en el último encuentro, fue el único que planteó una reingeniería de la Ley 100, cuando los demás coincidían en enriquecer el proyecto gubernamental de reforma a la salud; también fue el único que se atrevió a plantear la necesidad de reformar el acuerdo que permite militares norteamericanos en bases colombianas, cuando los demás coincidían en que no debía ser tocado. Ese análisis, no le ha servido a Petro para mejorar sus resultados en las encuestas. Es más, mientras en febrero de este año registraba un 11% de intención de voto (en el estudio de IPSOS Napoleón Franco), ese resultado se movió al 6% en marzo y al 5% en la última medición de abril. ¿Le sirvió de algo ser el ganador de los debates?
• Del otro lado, aparece Antanas Mockus, un hombre con una trayectoria caracterizada por su transparencia, que en la última rueda de prensa apareció confuso y enredado al tratar de explicar algunas de sus ideas. Es más, si algo ridiculizan sus contradictores, es que es una persona que no tiene la habilidad de ser claro con sus mensajes, algo que por supuesto puede ser ampliamente debatido. Vale decir que su comunicación siempre ha estado más cargada de simbolismos que de palabras, aunque en esta última campaña ha modificado en parte esa estrategia. No obstante esa limitante para marcar pauta en estas reuniones, Mockus ha logrado una gigantesca y sorprendente evolución en las encuestas. De un 3% que registraba en la encuesta de IPSOS del mes de febrero, pasó al 9% en marzo y al 38% en la última medición de abril. ¿Le perjudicó en algo no tener la habilidad para liderar estos debates?
• En la misma línea de Gustavo Petro se mueve Germán Vargas Lleras. Al aspirante presidencial de Cambio Radical se le ha reconocido que ha sido el más juicioso en la construcción de un programa de gobierno sólido y concreto, que no se queda solo en los sueños sino que avanza en el método y en los recursos necesarios para alcanzarlos. Logró que muchos líderes de opinión hicieran ese reconocimiento. Algo de eso mostró en las reuniones con periodistas y sobre todo en la última, en donde se despojó del tono de plaza pública y alcanzó un mayor nivel de tranquilidad. Pero las encuestas no han podido mostrar ese reconocimiento: del 9% que tenía en el estudio de IPSOS de febrero, bajó a 8 puntos en marzo y a solo 3 puntos en la medición última de abril.
Tenemos entonces un problema frente a los debates. ¿Sirven para algo? La Historia de la comunicación recuerda el famoso incidente acontecido en el que fue el primer debate electoral transmitido por televisión en Estados Unidos (1960): Richard Nixon, intranquilo, nervioso y sudoroso, terminó apabullado por un John Keneddy tranquilo, seguro, convencido de sus argumentos y propuestas.
Pero tal parece que, al menos de acuerdo a lo que dicen las encuestas, estos mal llamados debates no han ejercido hasta ahora, una influencia en las decisiones de los electores colombianos.
Alguien decía en estos días, y lo recojo con convicción, que los electores en su versión 2010 en Colombia, se mueven más por lo que representan los candidatos que por lo que realmente proponen. En este sentido, los debates no han servido para que los mejores modifiquen sus pobres resultados en las encuestas. Ni Vargas ni Petro se han visto beneficiados de esas excelsas calificaciones. Y puede que también se estén moviendo dos tendencias en la opinión pública: la que a cualquier costo (al costo que sea) prefiere que le hablen de seguridad democrática, y la que hoy está hastiada de la manera como la era Uribe rompió todas las fronteras éticas.
Quienes defienden los debates, argumentan que “la oratoria de la campaña tradicional está cuidadosamente elaborada y calculada, y es con frecuencia el fruto del esfuerzo colectivo de los asesores y del talento literario de escritores profesionales. El debate destruye esta estratagema y sorprende al candidato en su íntimo pensamiento en forma independiente, personal y espontánea” (Revista Chasqui No. 98 – La comunicación política). Sugieren que es el mejor escenario para que el ciudadano promedio pueda hacer una valoración comparada de lo que plantean los candidatos. Pero en el caso colombiano, tal como se ha visto hasta ahora, ese contraste de fondo lo hacen los expertos. El ciudadano promedio recuerda la forma: que Vargas gritaba mucho aunque tiene el mejor programa de gobierno, que Sanín peleó con Santos, que Mockus titubeó mucho pero que es honrado, que Pardo no inspira una transpiración, que Santos habla de memoria y siempre repite lo mismo, y que Petro es claro pero tiene un pasado que despierta dudas.








