No me detendré a explorar las múltiples razones por las cuales el Estado, representado en sus gobernantes, puede tener una mala reputación entre los gobernados, que también son parte esencial de ese mismo Estado. Sólo quiero llamar la atención en torno a una de ellas: el Estado NO SABE COBRAR y los ciudadanos sienten que, todo el tiempo, más que motivarlos, lo que reciben de las entidades respectivas son solo amenazas de sanciones y registros de marcos legales que buscan siempre amedrentarlos.
Empezando por la DIAN, el máximo organismo recaudador de impuestos en Colombia, siguiendo por las Secretarías de Hacienda Municipales y departamentales, pasando por las secretarías de tránsito, gobernaciones, corporaciones autónomas, todas adolecen del mismo problema de comunicación: solo son conscientes de su autoridad y es lo único que les interesa valer ante los ciudadanos.
Aclaro eso sí, que sé que existe también una cultura de la trampa en muchos ciudadanos. En la medida en que puedan hacerle el quiebre a una ley, lo hacen. En la medida en que puedan evitar pagar dineros al Estado, lo hacen. Esta falencia de nuestra cultura ciudadana tiene su origen en muchísimos aspectos: un débil sistema de valores, un Estado debilitado mediáticamente por las noticias diarias que hablan de su corrupción e ineficiencia, un desconocimiento de lo que significa el pago de un impuesto y el concepto de solidaridad que en él subyace, y una percepción de que la trampa no es castigada: al moroso casi siempre le dan nuevos plazos o incluso, una condonación de sus intereses.
Mientras no se haga ningún esfuerzo por construir una cultura que difiera de lo que Antanas Mockus llamó la ley del atajo, y el compromiso por construir un Estado más eficiente se estrelle contra tantos obstáculos, no será posible quebrar el camino que hoy llevamos.
Pero, ¿por qué hablar de un estado que no sabe cobrar? Estoy seguro que la mayoría de los lectores o sus padres han recibido, en cualquier rincón de América Latina y en algún momento, un mensaje de una Secretaría de Hacienda o de una entidad como la DIAN (el agente recaudador nacional en Colombia), conminándolos a pagar algún impuesto. Habrán notado también que esa invitación sólo se ocupa de recordarle al ciudadano las leyes que amparan ese cobro, y las otras normas que establecen los castigos o las sanciones a quienes incumplan el pago. Y ese es el discurso dominante de los recaudadores de impuestos. Finalmente estas entidades han sido creadas para recaudar y tratan de ser eficientes al máximo. Su meta siempre es mayor recaudo. Sus logros no serán medidos por ciudadanos sensibilizados en torno a la importancia del impuesto y más conocedores de las obras y proyectos que serán ejecutadas con ellos. Y es lógico porque esos son retos de otras instancias del Estado.
Hace poco hicimos un estudio para la DIAN en el que se buscaba generar un modelo en el que se pudiera crear una mayor cultura tributaria en Colombia. Encuestamos más de 1.700 personas en 12 municipios y ciudades de Colombia. Una de las muchas conclusiones del estudio fue que el proceso de recaudo debía ser mirado integralmente en el marco de lo que se denominó CICLO ADMINISTRATIVO DEL IMPUESTO, el cual estaba integrado por cinco componentes: 1. El momento en el que se aprobaba el impuesto; 2. El momento en el que se establecía el destino de ese impuesto; 3. El momento en que se recaudaba el impuesto; 4. El momento en que se invertía el dinero del impuesto; y 5. El momento en que se controlaba la adecuada inversión de esos recursos. Pues bien, otra de las conclusiones es que el ciudadano promedio colombiano aparecía completamente desconectado de la mayor parte de esos componentes: él no es un actor visible en las sesiones de los Concejos, Asambleas o Congreso que debaten la creación de impuestos; tampoco participa de un espacio que ya han abierto muchas administraciones (presupuesto participativo) para definir el destino de los recursos; sólo interactúa con el recaudador al momento del cobro o del embargo; apenas si se entera en la prensa de la manera como se invierten los recursos; y deja el control de las inversiones a unos veedores ciudadanos con los que casi nunca tiene contacto. Eso sí, siempre está dispuesto a protestar, así sea en silencio, frente a cada cobro que se le haga, porque siente que no es adecuadamente retribuido por el agente recaudador.
Anoto esto porque en la ciudad de Cali, en Colombia, se está iniciando un proceso para cobrar a los caleños unos 800 mil millones de pesos durante los próximos siete años, para financiar 21 megaobras de infraestructura. Y ya los ciudadanos empiezan a protestar. Debe quedar de reflexión para quienes todavía no han entendido que el garrote requiere de mucha zanahoria y que podrán obligar al ciudadano a que pague, pero no lograrán que lo haga porque está convencido de la importancia y los beneficios de hacerlo. Y esa reflexión también debe cobijar a los comunicadores gubernamentales que muchas veces se preocupan más por la imagen de sus gobernantes que por las relaciones con la ciudadanía.








