En Colombia, durante las últimas semanas, palabras como INTOLERANCIA y CORRUPCIÓN se han vuelto componente frecuente de los contenidos divulgados por los medios de comunicación. Las estadísticas registran muchos incidentes de agresiones físicas que terminan costando la vida de muchas personas, provocadas precisamente por la falta de tolerancia. Y los medios no dejan de ofrecernos un panorama desolador en el que cada día nos damos cuenta de que los colombianos que pagamos impuestos, también estamos enriqueciendo a unos oscuros personajes que viven de estafar al Estado. ¿Deberíamos los comunicadores corporativos contribuir en algo a modificar estos hechos? ¿Deberíamos asumir como acto de responsabilidad social, contribuir a cambiar, desde las empresas en que trabajan, estas realidades críticas que afectan a todo un país?
Hay cifras demoledoras en Colombia. Un informe reciente de la Revista Semana cita cifras que tilda de “dramáticas” y no es para menos. Hace siete años, un 10 por ciento de los homicidios registrados por el Observatorio del Delito de la Dijín de la Policía eran atribuidos a riñas; hoy son casi el 40 por ciento del total. En un lustro, entre 2004 y 2009, la tasa de lesiones por violencia, que compila Medicina Legal, pasó de 200 a más de 300 por 100.000 habitantes. Nueve de cada diez lesiones personales el año pasado fueron por riñas mientras que en 2003, eran seis de cada diez.
Promover la inteligencia social hace parte del reto. Las problemáticas que se viven deben llevarnos a reflexionar sobre la necesidad de pensar que la comunicación tiene una oportunidad para pensar en retos diferentes al posicionamiento reputacional de la compañía o al conocimiento de sus logros y resultados. Hay que pensar más en las personas. Puede que la intolerancia no genere problemas críticos dentro de la organización, pero sí aparecen externamente, reflejada en los conflictos familiares, en las discusiones en la calle, en la agresividad cuando se maneja un vehículo. Ser buenas personas (así resulte un poco maniqueísta el concepto) es parte del reto a promover. En el ámbito organizacional la comunicación puede facilitar procesos grupales orientados a la aceptación del otro, a la resolución de conflictos, el fortalecimiento del clima laboral, a impulsar el trabajo en equipo, a mejorar las relaciones interpersonales, a desarrollar nuevas capacidades de comunicación e interacción, a ser coherentes entre nuestra comunicación verbal y la comunicación corporal (que es muchas veces el detonador de los actos de intolerancia).
La corrupción es otro síntoma del deterioro social. Un conocido pero poco reputado empresario decía en estos días que la corrupción era inherente al ser humano. Claro: está enredado en un proceso que lo tiene en lo que acá llamamos “picota pública” en donde se presume responsable de un multimillonario desfalco a muchos particulares y a las arcas de la Nación. En las dos últimas semanas varios de los más prestigiosos medios en Colombia han otorgado sus carátulas al tema. También hay cifras que dibujan el tamaño del problema: anualmente pueden perderse cerca de 4 billones de pesos que no terminan siendo invertidos en obras estatales, sino que se desvían a bolsillos privados.
Creemos que la corrupción es un problema de los funcionarios públicos, pero olvidamos que para que el fenómeno exista, tienen que existir DOS: el que pide el soborno, y el que acepta ser sobornado. Y uno de ellos es casi siempre un empresario del sector privado.
¿Qué hacer? Por supuesto que no se va a pretender cambiar algo que muchas leyes e instrumentos coercitivos no han podido alcanzar. Pero sí es posible promover una cultura ciudadana que afiance los valores y principios que los ciudadanos tuercen muchas veces para su conveniencia: porque se prefiere un contador que ayude a evitar que los impuestos a pagar sean altos, porque se cruza un semáforo en rojo porque los demás lo hacen, o porque se asume que para negociar con el Estado es obligatorio tener un presupuesto para brindar comisiones a algunos funcionarios.
Los comunicadores corporativos tienen los recursos, la plataforma mediática y espacios para apuntar a involucrar en sus mensajes algo que vaya más allá del discurso corporativo. Porque la ética no solo importa para que los colaboradores actúen adecuadamente dentro de la empresa: ahora nos debe interesar que también sean buenos ciudadanos fuera de ella.








