No puedo negar aquí que la apelación al miedo es una estrategia comunicativa históricamente válida, que en muchos casos resulta útil y permite la construcción positiva de acciones o procesos. La campaña presidencial de Juan Manuel Santos tomó esa ruta para el tono comunicativo de su campaña. Uno de sus comerciales en televisión dice: “Yo no quiero volver a sentir ese miedo. No quiero preguntarme si escuché un trueno o una bomba. Si el cilindro de gas que va en ese camión es para cocinar o para hacer un atentado. Si eso es un carro viejo o un carro bomba. No quiero salir a pasear con mi familia y preguntarme si ese retén es del ejército o de la guerrilla. Si el trancón es por un accidente o por una pesca milagrosa. Yo no quiero volver a sentir ese miedo. No quiero. No quiero que vuelvan a aumentar los índices del secuestro. Que por miedo no vuelvan al país los inversionistas ni los artistas ni los eventos internacionales. Que nos quedemos sin clientes. Que cierren negocios. Yo no quiero eso. ¿Y usted?”.
Hoy en día parece seguir siendo válido generar comunicaciones persuasivas mostrando, no el lado positivo de lo que se propone, sino el lado oscuro que se genera al no alcanzar lo propuesto. Hay comunicaciones persuasivas “diseñadas para impactar afectivamente a la gente infundiendo miedo, preocupación o una sensación de amenaza con el fin de que se acepte una serie de recomendaciones. En estas comunicaciones se advierte al sujeto de las consecuencias nocivas que conlleva un determinado comportamiento. Igualmente se le informa que si adopta las medidas necesarias, los efectos negativos desaparecerán” (Juan José Igartúa – Teoría e investigación en comunicación social).
Este tipo de comunicación es conocida como fear appeals (apelación al miedo) y deja el ingrato sabor de respaldarse en un cierto contexto de manipulación. En Wikipedia se lee que “un público que tiene miedo está en situación de receptividad pasiva y admite más fácilmente cualquier tipo de indoctrinación o la idea que se le quiere inculcar; se recurre a sentimientos instalados en la psicología del ciudadano por prejuicios escolares y de educación, pero no a razones ni a pruebas”.
¿Qué análisis puede hacerse del mensaje de Santos? Lo primero que hace es revivir el temor a todo lo que significa la inseguridad en Colombia y a la existencia de la guerrilla. Para que este mensaje sea efectivo, la gente debe sentirse amenazada. ¿Cuáles son esas amenazas? Por un lado la guerrilla, que es la que queda en evidencia, pero por el otro lado los demás candidatos. El mensaje latente es que con otros candidatos se podría retornar a ese ambiente de miedo que se vivía antes de la era Uribe. ¿Cuál es la recomendación? Obvia: Santos es el único camino posible para que usted no vuelva a sentir miedo. ¿Cuáles son las consecuencias nocivas de no emprender ese camino? Situaciones como las pescas milagrosas, la ausencia de inversionistas, el cierre de empresas.
Pero por el otro lado, el concepto extraído de Wikipedia siembra la duda frente a este tipo de estrategias: las personas con miedo son más vulnerables. Santos no tiene ninguna prueba racional de que con los demás candidatos se regresaría a las épocas en que él no podía ir tranquilo a su finca. Es más, los demás aspirantes (incluyendo Petro) han sido claros y categóricos en que solo le inyectarían a la seguridad democrática el respeto de los derechos humanos y a la legalidad pero que no cederían nada ante las FARC.
Aunque los estrategas políticos son altamente maquiavélicos, no parece muy constructivo ni socialmente responsable utilizar el miedo como un arma para conseguir votos. Puede sonar utópico e idealista, pero la cultura política de un país avanzaría más si la comunicación de los candidatos se orientara a generar optimismo y una visión de futuro alrededor de sus propias propuestas, en contraste con la ruta escogida por Santos de afianzar el miedo a los demás, antes que la convicción en lo que él mismo plantea. Eso, lo único que demuestra, es falta de convicción en sus propias ideas.








